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El eterno Pichuco

ANIBAL TROILO





EL ETERNO PICHUCO

Felisa Bagnolo y Aníbal Carmelo Troilo, fuerón los padres del talentoso músico, su hermano mayor fue Marcos, y su hermana Concepción, falleció siendo muy pequeña, lo que determinó que el matrimonio Troilo decidiera alquilar otra vivienda, precisamente en Cabrera 2937, donde poco después nació Aníbal "Pichuco" Troilo, el 11 de julio de 1914.

Muerto el padre en 1922, la familia volvió a su antigua propiedad, ubicada en la calle Soler al 3200. Una vez el autor de "Sur" dijo: "Yo nací en una casa de Cabrera 2937, pero mi casa fue la de Soler 3280".
Tal vez junto con Gardel, es Troilo el mayor mito porteño dentro del universo tanguero. Al reconocimiento colectivo sobre su música debe añadirse el profundo afecto que siempre generó. "El bandoneón mayor de Buenos Aires", "El gordo triste" y otros apodos sucumbieron ante el simple, categórico, unánime y cariñoso "Pichuco".


Entre sus composiciónes clásicas se encuentran:

   Sur
   María
   Responso
   Che Bandoneón
   La última curda
   Garúa
   Una canción
   La Cantina
   Y otros..



TROILO, SINONIMO DE PORTEÑIDAD

"Mi viejo era carnicero y murió cuando yo tenía ocho años... A los diez, el fueye me atraía tanto como una pelota de fútbol, jugaba de centrojás en el Regional Palermo. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto y tuve mi primer bandoneón: diez pesos por mes en catorce cuotas. Y desde entonces nunca me separé de él. Es el mismo instrumento con el que toqué esta noche." La voz áspera, mansa y fatigada de Aníbal Troilo trazó melancólicos arabescos en la serena noche serrana y bordeó cadenciosamente el rumor de los grillos y la brisa. Era el verano de 1965 y Pichuco acababa de ofrecer, en el Primer Festival Nacional del Tango, en La Falda, una clase magistral de su sensibilidad tanguera.

Había sido ovacionado por unas doce mil personas y ahora, en un bar de la avenida Edén, junto a un vaso de cerveza, entrecerraba los ojos -como en su solo de Quejas del bandoneón - y remontaba recuerdos de infancia, a cada rato vinculados con su casa de la calle Soler, en la que su madre, doña Felisa, moriría un año y medio después.

Ahí a su lado, mimándolo con gestos leves, estaba Zita (la griega Ida Calachi, su mujer), para quien Troilo no era Pichuco sino Pocholito, "un porteño apacible, bien de barrio, muy emotivo y quizá por eso demasiado generoso".

Era, es cierto, hombre de rabietas pasajeras, como la que le originó Antonio Rodríguez Lesende, el cantor que había elegido cuando decidió integrar su propia orquesta, en 1937: "Ya estaba todo arreglado, debutaríamos en el Marabú el 1° de julio, y unos días antes me dice que prefiere actuar con Julio De Caro. Me agarré flor de berrinche, imaginate; debí recurrir a un suplente, un muchacho que me gustaba bastante, Francisco Fiorentino."


NOMBRES INSIGNES

Desde entonces, las sucesivas formaciones orquestales de Troilo no sólo incorporaron a cantores insignes (Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Elba Berón, Nelly Vázquez) sino a instrumentistas prestigiosos, auténticos paradigmas del género: los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari y Osvaldo Berlingieri; los bandoneonistas Astor Piazzolla, Ernesto Baffa y Raúl Garello; los violinistas Hugo Baralis, Salvador Farace y Juan Alzina; el cellista José Bragato...

Como siempre sucede, los artistas que logran aquerenciarse en el espíritu ciudadano son humildes de alma, desdeñan los oropeles del éxito y disfrutan el regocijo que sólo proporcionan -diría Serrat- esas pequeñas cosas.

Remolón, parsimonioso, fiaca confeso, Troilo se volvía frenético cuando lo asaltaba la inspiración o cuando sus kilos de más y la jaula sobre sus rodillas conjugaban un solo cuerpo de pasión tanguera. Esa fiebre lo atacó durante la madrugada del 4 de mayo de 1951, cuando compuso el conmovedor Responso en homenaje a su amigo Homero Manzi, cuyos restos, en esos mismos momentos, estaban siendo velados en la sede de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores.

Víctima de un derrame cerebral y de sucesivos paros cardíacos, Pichuco murió el 19 de mayo de 1975 en el Hospital Italiano, pero aún hoy su recuerdo promueve un reverencial sentimiento de porteñidad. Y debe verse como una feliz iniciativa que esos ladrillos de la calle Soler contribuyan a proteger la memoria de su duende y la magia de su son.


A DOMICILIO

La casa de Pichuco de Soler 3280 tiene una superficie cubierta de 84,60 metros cuadrados en la planta baja y 9,97 en el piso alto. Se desconoce su antigüedad, ya que fue adquirida por la familia Troilo, ya construida, el 24 de junio de 1926. Originariamente contaba con tres habitaciones principales y una más pequeña, de servicio, un baño y una cocina desarrollada en la planta baja alrededor de un patio (¿fuente de inspiración para su nostálgico "Patio mío"?).



Pichuco


Cualquier comentario: Chelo Ledesma
Actualización: 20 de Abril del 2000